jueves, 17 de junio de 2010

FORMACIÓN: COMENTARIOS EVANGELIO 11º DOMINGO

"Tu fe te ha salvado... vete en paz”. (Lc 7, 36- 50)
Estas son las palabras que Jesús dirige a la mujer pecadora; estas palabras son la expresión de la infinita compasión de Dios que se manifiesta en el rostro de Jesús.

“Una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo vino con un frasco de perfume...”. Se rompe la situación de tranquilidad del banquete, cuando entra en escena este personaje. Al obrar así, la mujer demuestra que tiene una gran valentía. Tal vez, había observado el rostro de Jesús, sus gestos y sus palabras. Había percibido en El algo de ese misterio de humanidad que nunca agotamos por muchas horas que nos dediquemos a contemplarle. Tal vez, la mujer había escuchado los rumores que llegaban de Jerusalén y circulaban entre la gente del pueblo. En el corazón de aquella mujer sin nombre iba creciendo el sentimiento de admiración por aquel Maestro que transmitía un mensaje de vida y esperanza. Desde que le conoció lo vio como alguien que podía perdonarle; por eso, se le acerca a él, porque intuye el Misterio que encierra este hombre.

Esta mujer se atreve a irrumpir en la sala del banquete. Esta mujer, (no se dice su nombre), representa el estamento de los marginados por motivos religiosos y sociales. Su presencia en un banquete oficial crea un malestar lógico y de tensión (no me explico cómo pudo entrar sin que nadie se lo impidiera).
El evangelista dice que la mujer “vino con un frasco de perfume... Y colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarles los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume”.
El perfume con el que unge los pies de Jesús es la expresión del amor gratuito. Necesitamos que nuestro amor sea también gratuito como el perfume de esta mujer que derrama hasta la última gota sobre los pies de Jesús. ¿No va Jesús a derramar también su vida hasta la última gota? Este es el verdadero amor evangélico. El amor que no es gratuito pasará factura a los demás. Lo que lleva a cabo esta mujer es un gesto de amor desbordante.
La “unción de la mujer” supone una expresión física de mucha proximidad y es la manera apropiada de transmitir lo que siente. La mujer lo toca con sus manos. Tal vez, sea la mano la que mejor simboliza nuestra relación con los demás: puede cerrarse para retener, para golpear, para destruir... Puede abrirse para acoger, para abrazar, para acariciar... Luego se los besa: el beso en los pies era el signo que se reservaba para honrar a una alguien que le había salvado la vida.

Las caricias de esta mujer escandalizan a Simón y a los comensales. Regar los pies con sus lágrimas, enjugarlos con el cabello, besarlos y ungirlos cariñosamente, son gestos íntimos, propios de una esposa a su marido o incluso, de una prostituta a sus clientes. Jesús se deja hacer. Supone aceptar una intimidad personal muy grande.
Hay que poner de relieve el impacto erótico de este gesto. La mujer siempre llevaba un velo en la cabeza, solamente las prostitutas se soltaban su cabellera para seducir a sus clientes (El cabello era la parte del cuerpo femenino que las mujeres judías ocultaban celosamente).

Y esta prostituta no sólo exhibe sus cabellos sino que los utiliza para secar los pies de Jesús después de haberlos perfumando y, con su boca, no deja de besarlos.
¿Y Jesús? Nada. Ninguna reacción. ¿Cómo es posible? Dejarse solamente rozar por una de aquellas mujeres volvía al hombre impuro y le incapacitaba para su relación con Dios.
¿Cómo es que Jesús no se aparta? ¿Por qué no la reprende? Para el fariseo Simón está claro que Jesús no es un profeta; de serlo sabría quien es la mujer que lo está tocando y que clase de mujer es: una pecadora. Se nos revela aquí la compasión y la ternura de Dios hacia el ser humano manifestada en Jesús. Esta reacción de Jesús es de acogida y de profunda comprensión. Sólo parece ver en ella un ser humano necesitado de amor y de paz. Esta actitud constante de Jesús, descrita en el Evangelio de Lucas, de acogida total, nos obliga a los cristianos a revisar nuestras actitudes ante ciertos sectores de nuestra sociedad que parece que les negamos el derecho de acercarse a Jesús.

“Si este fuera profeta”. Es la reacción del fariseo. Si éste fuera hombre de Dios se negaría a este trato íntimo con una pecadora, sería consciente de contraer impurezas e incapacitarse para relacionarse con Dios. Jesús intenta con una pequeña parábola, que Simón se abra a una visión nueva. “Un prestamista tenía dos deudores... ¿Quién de ellos lo amará más”?“Supongo que aquél a quien perdonó más”. Esta es la respuesta del fariseo la que nos permite ver una cierta resistencia. No le gusta la pregunta de Jesús.
“Te digo: que son perdonados sus muchos pecados porque ha amado mucho”. Esa es la conclusión de Jesús. El amor predispone a acoger el perdón; una vez concedido el perdón, éste, engendra una nueva capacidad de amar. El perdón es la plenitud del amor. “Tu fe te ha salvado..., vete en paz”. Jesús, vuelto a la mujer, le dice: “Tu fe te ha salvado”. Es como si le dijera también: “Ningún pecado te puede separar de Aquel que te ama”. Resulta maravilloso que Jesús ve vida allí donde otros ven pecado: Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve el corazón.

Jesús devuelve a esta mujer su dignidad y le hace sentirse una persona nueva y restaurada. La mujer, al fiarse de Jesús, entra en una vida nueva. “Tu fe te ha salvado... Vete en paz”.
Es increíble con qué infinita ternura y comprensión mira Jesús a esta mujer. Nosotros necesitamos aprender a mirar a los otros, especialmente a los proscritos, a los indeseables, a los marginados, a los humanamente fracasados, como Jesús los miraba... Necesitamos aprender la mirada nueva de Jesús que ve el corazón...
También tenemos que aprender de Jesús cómo tratar a las mujeres devolviéndoles su dignidad, teniendo en cuenta que todavía hoy persiste una actitud de dominación del varón sobre la mujer que genera una conducta injusta, tratando a la mujer como un ser inferior. Hoy es para escuchar, en lo profundo de nosotros mismos, las mismas palabras que Jesús dirigió a esta mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. Sin la experiencia del perdón no podemos mantener la esperanza en los otros, ni en nosotros mismos ni en el mundo.
Que también hoy, nos dejemos alcanzar por el amor y el perdón de Dios que se nos manifiesta en el rostro dulce y compasivo de Jesús. Que podamos decirle: Jesús, humilde y compasivo, danos un corazón como el tuyo. Que sepamos ofrecer un futuro de esperanza a aquellos que se sienten discriminados por cualquier causa. Que les llevemos tu paz y tu amor.
Benjamín García Soriano
13 de junio de 2010

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